Beck, la textura y el color

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Pedro Pablo Siles

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 BECK 

La textura y el Color


Por momentos se hace difícil abarcar el apabullante catálogo musical de Beck. Ya son 13 álbumes de estudio (tres de ellos editados en sellos independientes), un montón de sencillos que no están en esos discos, composiciones para películas, eventos y videojuegos, e incluso un libreto con las partituras de un álbum encubierto; y cada producción es un viaje, un statement artístico complejo y sofisticado. Por momentos tengo la impresión de que el público más amplio, al menos en nuestro medio, se limita a una aproximación superficial cuando se trata de Beck. Suena “Loser” en una fiesta y todos corean el estribillo y brindan por el espíritu desencantado de los años 90. Pero la obra de Beck Hansen esconde muchos tesoros que vale la pena explorar con detenimiento. La inmensa admiración que despierta en la crítica y en la comunidad musical no es gratuita. Más allá de sus capacidades técnicas como cantante, multi-instrumentista o como productor, sus composiciones atestiguan una impresionante amplitud de miras, tanto en lo musical como en lo conceptual. Su arte no consiste solamente de generar un collage de estilos, géneros y sonidos, sino en reconocerse como artista dentro de una fecunda multiculturalidad sonora.

Beck nació en Los Ángeles en 1970. Su padre, David Campbell, es un compositor de bandas sonoras de origen canadiense, mientras que su madre, Bibi Hansen, fue musa de Andy Warhol a fines de los sesenta. Su padre, Al Hansen era artista abstracto que tuvo una gran influencia sobre el joven Beck. A eso se suma un factor determinante en su concepción estética del mundo, que es su ciudad natal, un crisol de sonidos, razas y hasta de idiomas.

Beck probó suerte en New York durante un par de años a fines de los ochenta, nutriéndose de la escena anti-folk del Lower East Side. De vuelta en California, Beck inauguró su carrera discográfica en 1993, con el álbum Golden Feelings y el EP A Western Harvest Field by Moonlight, en los que puede apreciarse su paso por la escena neoyorquina. Y en medio de todo eso se materializó el feliz accidente. “Loser” fue grabado con displicencia, pero capturaba la voz de una generación y de un estado de ánimo. La bola de nieve fue tal que Beck terminó firmando por Geffen Records después de una contienda de grandes sellos buscando su firma. Su segundo álbum independiente, Stereopathetic Soulmanure, apareció sólo unos días antes de Mellow Gold, su primera producción con Geffen y su salto a la fama internacional. Sí, el disco abre con “Loser”, pero luego se pasea por una multitud de estilos con soltura e imaginación, y nos deja un par de hits más en el camino: “Pay No Mind (Snoozer)” o “Beercan”.

En 1996 apareció el monumental Odelay, confirmando que lo de Beck no era suerte de principiantes. Con la ayuda en producción de Dust Brothers -responsables del notable Paul’s Boutique de los Beastie Boys-, Beck agregó capas de samples y de texturas a su ya variada mezcla musical. Varios hits y un montón de premios para este discazo; no era para menos.

Mutations, de 1998, encontró a Beck en su faceta más acústica, explorando paisajes psicodélicos, con arreglos de country y americana, mientras que Midnite Vultures, del año siguiente, nos mostró su faceta más sensual, con el californiano desatando su falsetto sobre bases de funk.

El nuevo milenio trajo vientos de cambio. Beck terminó una relación de nueve años y volcó su melancolía en Sea Changes (2002), uno de los discos de ruptura más logrados de la historia del rock. Luego vino Güero, su retorno triunfal al collage de sampleos y sonidos urbanos. 

Beck volvió a contar con Nigel Godrich para la producción de The Information (2006). Como de costumbre, el álbum transita varios géneros musicales, en esta ocasión decantándose por el electro-funk, la psicodelia y algo de hop-hop. Dos años después apareció Modern Guilt, producido por Danger Mouse e inspirado en el pop psicodélico de mediados de los años sesenta. Sería su última producción para Geffen Records, el sello que lo había acompañado desde 1994.

Pasaron varios años antes de que un nuevo álbum oficial viera la luz. Entre medio, Beck desarrolló otras facetas, como la producción para otros artistas, incluidos Charlotte Gainsbourg o Thurston Moore, o la composición para bandas sonoras –es notable su contribución para Scott Pilgrim vs. The World (2010), donde Beck y los suyos se travisten de Sex Bomb-Omb, la banda ficticia del personaje protagónico.

Finalmente, en 2014 apareció Morning Phase, una elegante y nostálgica obra maestra que se llevó el Grammy del Año. En términos de enfoque, de sonido e incluso de los músicos involucrados, puede considerarse una continuación de Sea Change, aunque el resultado es aún más memorable.

Después de publicar varios adelantos durante los últimos años, el nuevo álbum del genial músico angelino ya está aquí. Y nuevamente queda demostrado que sobre Beck sólo puede esperarse una cosa: que haga precisamente lo que menos esperamos. ¿Qué esperan para escucharlo y descargarlo? Se llama Colors.