Dunkirk

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Juan Pablo Richter

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 DUNKIRK 


Una semana. Un día. Una hora. Tres líneas de tiempo que someten a los personajes, desafían al espectador y nos guían por la película más madura y sensible de Christopher Nolan.


Contexto. A fines de mayo de 1940, en la ciudad francesa de Dunkirk, se llevó a cabo la Operación Dinamo, cuyo fin era el de evacuar a las tropas aliadas que se encontraban rodeadas por el ejército alemán. El resultado fue el rescate de unos 200.000 soldados ingleses y otros 100.000 combatientes franceses y belgas.


Cada película que Nolan ha realizado se puede considerar como una clase magistral sobre el manejo del aparato cinematográfico; su dominio de la técnica de “hacer” cine es total. Sin embargo, a mi criterio, sus películas siempre caminan sobre la delgada cornisa de lo “in(no)creíble”, forzando la suspensión del descreimiento narrativo al extremo. Películas como Inception, The Prestige e Interstellar pueden permitir un debate al respecto.


En Dunkirk, eso no sucede porque no se fuerza nada, porque la sencillez de un guión concebido bajo la premisa de la supervivencia no da margen a espectáculos narrativos, y eso se agradece, ya que el conflicto y la tensión se sienten muy cercanos, casi palpables. Es un diálogo con cintas como Memento y The Dark Knight donde el punto de vista narrativo es muy subjetivo, acercándonos más a lo profundo de la naturaleza humana de los personajes.


En esta película el enemigo es la Máquina, esa que asedia sin piedad buscando terminar con cualquier resto de humanidad. Y es, justamente, esa agonizante humanidad en la que los personajes (rescatantes y rodeados) ponen su esperanza y encuentran su motivación.


Quizás el elemento más acertado de la narración en Dunkirk (y el más desafiante) es que su estructura no lineal resuelve las brechas en la historia a partir de lo sensorial y no de lo expositivo; es decir que no se sostiene en los diálogos para trasmitir información, algo que caracteriza películas como Inception, The Prestige e Interstellar. Lo maravilloso de esto es que dicha “limitación informativa” tiene el fin de encontrar y conversar con espectadores activos.


Retomando la idea de sensorialidad, es indispensable reconocer el éxito del diseño de sonido por sobre los otros elementos técnicos de la película; Hans Zimmer (música) y Richard King (edición de sonido) han creado una experiencia que ya es una referencia indiscutible en la historia del cine sonoro. Lo que produce es tan potente que, y no miento, en el momento del fade out, una exhalación profunda, agotada y colectiva se adueñó de la sala de cine donde estaba.


Por último, Dunkirk es una gran película porque muestra a un Christopher Nolan que no tiene miedo en dejar un statement potente: que la sencillez e intimidad de una historia, una historia acerca de lo profundo del espíritu del ser, es indispensable para que este aparato grandilocuente que es el cine pueda sostenerse. Podemos estar de acuerdo o no, pero hay que reconocer un gesto muy honesto en este planteamiento.


Una recomendación final: vean Dunkirk en el cine; les aseguro que la experiencia va a ser muy difícil de olvidar.