Fats Domino, el vecino de Nueva Orleans

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Sergio Suxo Uría

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 FATS DOMINO 

El vecino de Nueva Orleans


Antoine Dominique Domino, símbolo de los albores del rock, la voz y el piano detrás de éxitos perdurables como “Blueberry Hill” y “Ain’t That a Shame”, falleció el 24 de octubre de 2017 a los 89 años. Sólo Elvis vendió más discos que él. De todos los pioneros del rock ‘n’ roll de la época, Fats es uno de los más misteriosos. A diferencia de contemporáneos suyos como Elvis, Jerry Lee, Chuck Berry, no vivió grandes parrandas ni dramas. La historia lo fue olvidando por su timidez y por el hecho de que vivía una vida muy privada y nada alocada. Estuvo en la carretera durante 40 años, pero no tenía la extravagancia de Little Richard con pintalabios y carmín, ni prendía su piano o se casaba con su prima de 13 años. Era un tipo pequeño, un poco revoltoso, de voz suave, nada escandaloso.

Domino fue uno de los primeros artistas que entró en el Salón de la Fama del Rock and Roll y sólo fue el segundo después de Presley en ventas récord gracias a una cadena titánica de 11 éxitos entre el top ten de 1955 a 1960. Entre ellos destacan “I’m Walkin”, “Blue Monday” y “Walking to New Orleans”, que sonaban como nunca nada había sonado antes. Gracias a su tradición de sonidos de New Orleans fusionados con los ritmos de dixieland y su estilo de piano en canciones coescritas con su productor y socio Dave Bartholomew, las mismas llegaron a ser tan legendarias que hasta Led Zeppelin, Cheap Trick, Randy Newman, Ricky Nelson y John Lennon las versionaron. Lennon aprendió a tocar la guitarra que le compró su madre con “Ain’t That a Shame”, por lo que la canción tuvo un significado especial para él.

A la edad de seis años, Fats aprendió a tocar el piano y más tarde empezaría con actuaciones en público acompañado de Billy Diamond. El mismo Domino se sorprendería luego de su éxito, cuando todo el mundo comenzó a llamar a su música rock and roll, pero él no la consideraba nada más que el mismo rhythm and blues que llevaba tocando desde los años 30.

A los 14 años abandonó la escuela secundaria y se puso a trabajar transportando hielo y en una fábrica de somieres para complementar sus ingresos con la música. Le dieron su nombre de Fats en parte por homenaje a predecesores como Fats Waller y en parte porque no paraba de comer. En 1949 tuvo su primer éxito con “The Fat Man”, una reescritura de la canción sobre la adicción a las drogas “Junker’s Blues” y que muchos consideran uno de los primeros discos de rock. Aunque no llegó a los 40 mejores, “The Fat Man” fue un gran éxito de R&B y estableció el sonido y la imagen de Domino en las siguientes décadas.

Fue uno de los músicos más influyentes de su generación, grabó antes que todos los demás y nunca cambió su música. Vendió 60 millones de discos antes de 1962; solo necesitaba hablar de música y con música. Su estilo era un híbrido que tomaba muchos elementos de Nueva Orleans, todos estos ritmos con sonido de raíz local. Toda su vida estuvo en casa, con todos sus amigos cerca, con comidas copiosas, jugando cartas, pasando el rato. Ése era su mundo, no le importaban mucho los chismes, prefería hablar del tipo de sartén que usaba y cocinar para sus amigos. De eso se trataba todo: sopa de almejas de Nueva Inglaterra o cangrejos de río; incluso cuando era joven llevaba su hornillo en carretera y se llevaba comida de Nueva Orleans. Sus pasatiempos fueron siempre la música y la cocina.

Fats ayudó a popularizar el rock ‘n’ roll, pero incluso granjeándose gran éxito y aceptación en la comunidad, él y su banda lidiaban con la discriminación de un músico negro en el sur: a menudo tenían que conducir 160 kilómetros tras un concierto para encontrar un hotel que los quisiera admitir. Estaban en la cima de las listas y no tenían un sitio en dónde caerse muertos por su color de piel, pero sobrevivieron. A pesar de ello es un tema sobre el que pocas veces hablaba. Tan sólo quería olvidarlo. Bartholomew en particular decía que no quería hablar de derechos civiles porque tuvo suficiente con vivirlo.

Uno de los golpes más grandes de su vida fue hace diez años. Justo después del huracán Katrina, pensaron que estaba muerto. Lo encontraron finalmente, aunque su vecindario quedó completamente devastado. No vivía en un barrio rico. La mayoría de la gente se fue, murió o nunca regresó. Él tampoco volvió porque todos se habían ido. Toda su forma de vida, cómoda y tradicional, terminó. Se mudó a una casa en los suburbios cuidado por su hija. Éste fue el factor que lo llevó al retiro; a partir de 1995, Domino abandonó las giras y sólo se lo podía ver puntualmente en escenarios de Nueva Orleans o circulando con su famoso Cadillac rosa. Lo que había hecho durante 65 años suponía ya demasiado esfuerzo.

Su enorme constancia también respondía a que Domino buscaba mantener su sonido sin cambios. Toda la vida la mayoría de los músicos de su banda fueron los mismos (Alvin “Red” Tyler, Earl Palmer, Lee Allen), y así conseguía que sonara todo igual. Escuchar a Fats Domino, incluso en su último concierto, era como transportarnos a 1955. No tenía edad.

La aparición de Goin’ Home: a Tribute to Fats Domino, un homenaje de 2007, supo ser un gran testimonio del gran legado del artista, donde 30 de sus canciones fueron recreadas por una multitud que incluía a la crema de los artistas de Nueva Orleans y a superestrellas como Paul McCartney, Neil Young, Tom Petty, Elton John, Willie Nelson o John Lennon (presente con su versión de “Ain’t That a Shame”).