House of Cards

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Gory Patiño

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 House of Cards 
 La virtud de lo perverso 

Cuando Netflix compró los derechos del remake de la serie británica House Of Cards al guionista Beau Willimon, se comprometió a otorgar control absoluto de la historia a su creador y financió dos temporadas más que terminaban con el maquiavélico Frank Underwood (Kevin Spacey) como Presidente de EEUU. 

¿Qué podía pasar después del éxito obtenido en las primeras tres multipremiadas entregas calificadas como el Ricardo III de nuestros tiempos? Sólo un giro inesperado en la trama de la serie más emblemática de este milenio.

La cuarta entrega ya no se centra en el despiadado ajedrez que implica trepar la cruenta escalera del poder, sino en otro duelo que puede ser aún más tormentoso: la crisis matrimonial. Así es, los Underwood están al borde del divorcio y eso implica una caída estrepitosa de la torre de naipes.

El rival del Presidente ya no es un republicano opositor o un periodista entrometido sino alguien mucho más cercano: su propia esposa, la exquisita Claire Underwood, una Primera Dama de Hielo encarnada por una Robin Wright en su mejor momento.

Wright nos regala una sublime actuación basada en la economía de los gestos y los movimientos: el arte del menos es más. Y ese más va más allá del diálogo y las acciones descritas por el mordaz guión de Willimon, también escritor del drama político “The Ides Of March”, dirigido por George Clooney.

Robin Wright, quien también dirigió cuatro episodios de la temporada, vuelve con un personaje más sabio y fuerte que se nutrió de las artimañas de su compañero de vida, quien se encuentra ahora debilitado y atormentado por las cabezas que hizo rodar para llegar a la Silla. Ahora Claire también desea una tajada de la torta azul, blanca y roja, y exige a su esposo ser su candidata a la Vicepresidencia, cueste lo que cueste.

El primer episodio empieza con Claire que abandona la Casa Blanca en plena campaña confirmando ante la opinión pública sus problemas maritales, lo cual reduce el número de votantes. ¿Y dónde se refugia la Primera Dama? En su pasado. Un inmenso rancho en Texas donde su madre, una enferma terminal encarnada por Ellen Burstyn (“Requiem For a Dream”), no la recibe con cariño, sino con mucho reproche y resentimiento profundo.

La madre de Claire nunca aprobó el matrimonio de su hija con Frank Underwood, un ambicioso joven político, que en aquel tiempo no contaba con el dinero o la educación para estar a la altura de una familia millonaria y tradicional de Texas. El tiempo pasa y ahora la anciana enferma tiene un último deseo: contribuir a la carrera política de su heredera y derrocar a su yerno, aunque eso implique acelerar su propia muerte.

Sin embargo, Claire tiene que volver a Washington porque ocurre algo inesperado: el Presidente sufre un atentado. Lucas Goodwin (Sebastian Arcellus), el obsesionado reportero que investigaba los crímenes de Underwood, dispara contra el mandatario y es abatido por Meechum (Nathan Darrow), el fiel guardaespaldas presidencial, que también muere en la balacera.

El hombre más poderoso del mundo es internado de emergencia y requiere un urgente trasplante de órganos. Caos en la Casa Blanca: el Vicepresidente, un cobarde sin iniciativa propia, asume el poder pero no tiene las agallas de afrontar una crisis con Rusia y Claire tiene que tomar control de los hilos, logrando un acuerdo gracias a su encanto y astucia. Un acuerdo que implica una subida en su popularidad como candidata.

El Presidente se recupera y acepta a Claire como su compañera en la boleta de votación. Los Underwood entienden que juntos son más poderosos aunque duerman en cuartos separados. Juntos son más perversos y eso es una virtud. El matrimonio es un acuerdo que puede soportar infidelidades, mentiras y traiciones.

“Los vamos a destruir”, le dice Frank a su esposa refiriéndose a sus contrincantes. Claire asiente con una sonrisa invisible. Ahora ella también disfruta el amargo sabor de la guerra. Los adorables Underwood no tienen corazón, tienen poder.

La quinta temporada se estrena el 30 de Mayo. La bandera azul, blanco y roja ya flamea en la Casa Blanca, pero de cabeza. El chiste de que Frank Underwood hubiese sido mejor candidato que Hillary Clinton no está lejos de la realidad ni cerca de la ficción.