Karloz de la Torre, volver a volver

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Pedro Pablo Silón

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 KARLOZ DE LA TORRE 

Volver a volver


Nos reunimos vía Skype con uno de los cantautores más lúcidos e idiosincráticos de nuestro medio. Aunque en vivo lo acompaña la Banda del fin del mundo, compuesta por excelentes músicos de la escena cochabambina, sus canciones suelen provenir de un bagaje bastante personal. Karloz acaba de llegar de Barcelona, la ciudad donde se formó hace unos años y el punto de partida de este periplo musical…


Tomando en cuenta que ya no eras un adolescente cuando apareció tu primer disco, ¿cómo empieza esta historia y en qué sentido la entiendes como una vuelta a casa?

Karloz: Sí, definitivamente no era un chango. Tenía muchas de mis canciones terminadas y guardadas mucho antes de irme a Barcelona. Hay un disco apócrifo que alguna vez va a ver la luz, que soy yo con una grabadora de cuatro canales. Se llama las Spaghetti Sessions, y eran once canciones. Ahí estaba “Lágrima grande”, estaba “La nave de los locos”, algunas que después he recuperado. Pero sí, era una cosa a la que le daba muchísima importancia, pero al mismo tiempo sentía que no estaba listo o que no estaban dadas las cosas –esas mariconadas que uno piensa. Y entonces fui a Barcelona, y si bien ahí también estuve en el Conservatorio y si bien salían canciones, era otra vida. Había que trabajar para comer, entonces no había mucho tiempo de armar banda o de salir a grabar canciones. Fue recién cuando volví aquí que dije, “Bueno, ya de una vez, nos olvidemos del hecho de que no tenemos 17 años, pensemos que de aquí a cien años, si alguien escucha estas canciones, nadie va a pensar qué edad tenía este flaco cuando las compuso”. Y entonces salí, me contacté con un amigo del alma que ya había crecido también muchísimo como músico y que acabó siendo el productor (Juan Ernesto Saavedra). Terminamos de definir las canciones y nos metimos al estudio. “Volver a casa” es una canción que habla de una chica loca, una chica a la que le han pasado muchas cosas en la vida, y el que canta, que es como un exnovio o algo así, le está diciendo que siempre puedes volver a casa. Pero en todo caso no es una “vuelta”; es, en el camino, volver a encontrar tu lugar en el mundo. Y fue una canción que apareció muy de golpe, terminó de componerse un día antes de grabarse. Por eso es distinta al resto del disco; sólo hay guitarras, voces y bajos, no hay preproducción de teclados. Y cuando ya estábamos en la mezcla y demás -yo todavía no sabía el nombre del disco-, empezó a ganar mucho ese concepto, el de volver a casa como el lugar donde encontrar tu casa y hacerla tuya. Yo sentía que la música era mi vuelta a casa; el concepto en sí me pareció tremendo y terminó llevándose al nombre del disco.


En La vida insospechada, tu segundo álbum, se te nota algo más afianzado, incluso en el hecho de tener invitados. ¿Qué nos puedes contar al respecto?

La vida insospechada… He disfrutado mucho grabando ese disco. El primer disco siempre es todo nerviosismo, que también es una cosa hermosa. Pero como dices, en La vida insospechada me sentía mucho más tranquilo. Además lo grabamos en un estudio muy lindo aquí en Cochabamba, que tiene muy buenos equipos. Y yo estaba más seguro al tocar el piano, más seguro al cantar. Tratamos de que no sea tan producido como el primero, donde por cada canción hay 18 teclados sonando y aportando sus cositas. Éste queríamos que sea más al palo, aunque tiene su producción, está claro.

Y mientras lo grabábamos dijimos, “Invitemos gente; este tiempo hemos estado haciendo tantos amigos en la ruta”. Un día, era justo un concierto de Mammut y Oil, y les dije a los dos (Diego Boulocq y Chelo Navia), “Che, tengo una canción, que me gustaría mucho que canten; dice ‘Cochabamba mojada’, así que quiero tenerlos a los dos”. Y los tipos dijeron, “Meta, nos animamos”. Luego, sabía que los Efecto Mandarina llegaban ese fin de semana, entonces le escribo a la Vero (Pérez): “Tengo esta canción que tiene que ser cantada por una chica, ¿no quieres meterle?”. Me dice que sí y se aparece en el estudio con el Dieguito (Ballón) más, que se hace cargo del piano. Entonces fue una cosa muy linda porque hay muchos invitados pero al mismo tiempo todo ha sido muy fluido. Y dentro del camino, siento que es un paso adelante hacia donde quiero ir. Eran canciones trabajadas, algunas antiguas, algunas nuevas, pero hemos querido darle otro matiz; que no sean tan “elviscostellianas”, tan llenas de cosas como el Volver a casa, sino un poquito más al palo y ‘menos es más’. Y ese disco además fue mezclado y masterizado en Baires por Ariel Lavigna.


¿En qué consiste el nuevo EP que trajiste bajo el brazo desde Barcelona? De alguna manera completas un círculo volviendo al lugar del que partiste para volver a casa…

Completamente, tienes razón. Y sí, ha sido un todo un viaje, literalmente hablando. (Risas.) Yo no había vuelto a Barcelona ocho años, así que una vez que terminamos de decidir mandar todos nuestros ahorros a la mierda y lanzarnos a la aventura, empiezo a escribir. Si el viaje fue en agosto, en junio yo empiezo a escribir a los amigos, advirtiendo que no se hagan planes, que voy a estar por ahí. Y entre ellos, escribo –claro- a gente con la que había estado en el Conservatorio, y a este chico que se llama Marc (Molas), este catalán genial con el que yo había grabado alguna voz allá. Mientras yo vivía allá, hice una canción para el documental de mi hermano, y fui a grabar la voz al estudio. Y siempre quedamos en muy buenas migas, siempre nos escribíamos. Y entonces le escribo y le digo, “Flaco, estoy yendo a Barcelona”. Y él me dice, “Tenemos que hacer algo”. Yo tenía esta canción que es muy nueva, a la que le tengo tanto cariño; se llama “Igual te quiero”. Entonces le digo, “¿Te animas a hacer algo con esto?”, y él me dice, “Perfecto, vamos”. La empezamos a trabajar y un día charlando él me dice, “¿Sólo una, en serio? ¿No te animas a hacer más?”. Y claro, yo tengo canciones ya compuestas como para un disco, o dos. Entonces le digo, “A decir verdad, ¿qué tal si hacemos un EP? ¿Qué tal si hacemos tres canciones?” Ese número me gustaba. Ya tenía “Igual te quiero”. Recuperé la segunda, que se llama “Las teclas y el abismo”. Y quería que esté ahí porque fue la primera canción que compuse cuando vivía en Barcelona. No habían pasado dos semanas que yo vivía allá y ya tenía esa canción. Y para la tercera, quería algo nuevo. Entonces compuse una canción completamente nueva que se llama “Spaghetti 5”. Las tres canciones como que cuentan una historia cada una, es decir, más tipo relato.

Estaba entusiasmadísimo con eso. Y fue llegar allá, ir al estudio, y claro, trabajar con sesionistas, porque no había tiempo de armar una bandita. Pero el equipo que se armó me parece que está muy bien: el baterista es muy bueno, el bajista muy sólido. La estrella es un chico que se llama Paquito de la Iguana, que ha tocado con todos. Allá es una especie de celebrity del teclado; el currículum del muchacho es impresionante. Y el día que le tocaba grabar teclados a él, se acerca y me dice, “Que sepas que yo no trabajo con cualquiera; he escuchado las canciones y me encantan”. Entonces era como una caricia al alma.

Y grabarlas ha sido todo más ejecutivo que aquí porque aquí era meterse al estudio y probar. Allá era como que después de nosotros había otros grupos y qué sé yo. Pero aun así, me parece que ha quedado muy lúdica la grabación. Esta vez no hay preproducción en lo absoluto. Es la batería, el bajo, el teclado, la guitarra y la voz. No hay teclados grabados con anticipación. Si La vida insospechada era al palo, esto es al re-palo. Y a estas tres canciones he querido darles un aire un poquito más rocker, pero un rocker español, un rock tipo Quique González, tipo Leiva, tipo Vetusta Morla, una cosa más españolita. Tal vez es menos trabado armónicamente, más puro.

Ha quedado así, han quedado estas tres canciones. Ahora andamos en tiempo de que me mandan las mezclas; tal vez esta semana yo ya tenga los másters. Y me gusta mucho cómo están sonando estas canciones. Estoy chocho con el resultado y no me aguanto las ganas de salir a cantarlas por todos lados. A eso hemos venido, je.