La princesa que sabía reir

La princesa
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Pedro Pablo Siles

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Carrie Fisher
La princesa que sabía reir

No es fácil crecer en medio de los fastuosos salones de la realeza. Detrás de la pompa, la vida cómoda y el fulgor de la luz pública, reside la ansiedad y el deseo de pertenecer. Y Hollywood está muy lejos de la corte de Alderaan, donde la aguerrida Princesa Leia forjó su tenaz carácter. La realeza a la que pertenecía Carrie Fisher era de un tipo más vacío y artificial que la de su álter ego de la ficción. Pero su increíble lucha por prevalecer ante el lado oscuro de la vida debería ser tan recordada como las conquistas de la Alianza Rebelde.

Fisher nació el 21 de octubre de 1956 en Los Ángeles, California. Su madre, Debbie Reynolds, había saltado a la fama por su papel en Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia), el clásico musical de 1952, y supo cultivar una notable carrera en cine, televisión y teatro, que muchas veces antepuso al cuidado de la joven Carrie y de su hermano Todd. Eddie Fisher, su padre, un conocido cantante de la época, había abandonado a Reynolds por Elizabeth Taylor cuando Carrie tenía dos años, y su relación con sus hijos se definió más por la ausencia que por los lazos de cariño. 

Después de demostrar un temprano interés por los libros, Fisher dejó la secundaria a los 15 años para formar parte de Irene, una obra de Broadway protagonizada por su madre. Tras esa experiencia, se enlistó en la Central School of Speech and Drama de Londres, donde permaneció por 18 meses. Pero cuando se disponía a continuar sus estudios, se atravesó en su camino el Séptimo Arte. Primero fue Shampoo, una comedia de 1975 junto a Warren Beatty. Y luego se produjo la gran explosión. Con sólo 19 años, Fisher se convirtió en la Princesa Leia en la primera parte de Star Wars (luego rebautizada como Episode IV: A New Hope). El éxito sin precedentes del film catapultó a Fisher y a sus dos co-protagonistas (Mark Hamill y Harrison Ford) hasta el centro de los focos y de las miradas. Y ser realeza por cuenta propia resultó incluso más asfixiante para Carrie. 

Los turbulentos años 80 arrancaron en el set de The Blues Brothers. Para cuando comenzó el rodaje de The Empire Strikes Back (El Imperio Contraataca), Fisher  consumía cocaína en grandes cantidades. Y el remolino de la fama cobraba velocidad. Después de aparecer en la portada de Rolling Stone junto a sus compañeros de Star Wars y de protagonizar la obra de Broadway, Agnes of God, llegó el turno de The Return of the Jedi, episodio final de la primera trilogía de Lucas. Las conocidas escenas de la Princesa Leia en un bikini dorado recorrieron el mundo y se instalaron en las fantasías eróticas de miles de jóvenes. Siguieron una nueva portada de Rolling Stone -esta vez por su cuenta y vistiendo el famoso bikini-, y un papel central en Hannah y sus hermanas, uno de los films más celebrados de Woody Allen. 

En medio de todo esto, Fisher colapsa por una mezcla de fármacos recetados y pastillas para dormir y es llevada de emergencia a la clínica. Los hechos sirven de puntapié inicial para el argumento de Postcards from the Edge, su primera novela, publicada en 1987. De corte autobiográfico, el libro ficcionaliza y satiriza diversos aspectos de la vida personal de Fisher, como su adicción a las drogas y su compleja relación con, Debbie Reynolds, su madre.

Postcards from the Edge arrasó en ventas y fue bien recibido por la crítica, permitiendo a Fisher iniciar una nueva carrera y reinventarse en el proceso. No por eso dejó la actuación de lado, participando en cintas de alta exposición, como The ‘Burbs y When Harry Met Sally…

En 1990, Fisher publica Surrender the Pink, su segunda novela. Ese mismo año, Postcards from the Edge es llevado al cine, con Meryll Streep, su íntima amiga, como protagonista. En 1992 nace Billie Lourde, su única hija, y un año después Fisher publica Delusions of Grandma, su siguiente libro. La aparente estabilidad se diluye cuando Bryan Lourde, su segundo marido, deja a Carrie por otro hombre. 

Las dificultades de la maternidad en solitario la acercan a Reynolds tras años de extrañamiento y la empujan a desarrollar una inesperada carrera paralela. Durante buena parte de los años 90 y los años iniciales de la década del 2000, Fisher gana renombre como “Script Doctor”, una suerte de consultor de guiones cinematográficos. Se especializa en retocar diálogos y presta sus servicios para películas tan disímiles como The Wedding Singer o Lethal Weapon 3. 

A fines del 2006 Fisher presenta Wishful Drinking, una obra de teatro monológica que ella misma interpreta sobre varios escenarios. Como de costumbre, Fisher opta por desfragmentarse emocionalmente ante el público, hablando distendidamente de sus desórdenes bipolares, de su abuso de sustancias o su relación con Paul Simon. Su honestidad descarnada a la hora de tocar estos temas delicados ayuda a generar una mayor conciencia sobre las personas con enfermedades mentales.

Después de años de rumores, en diciembre de 2015 finalmente se materializa el regreso de Carrie Fisher al papel con el que más se la identifica. Episode VII: The Force Awakens Rogue One, dirigida por J. J. Abrams, arrasó en taquilla y redirigió el foco hacia sus viejos protagonistas. Para entonces Fisher ya tenía internalizado su estatus de realeza y supo disfrutar del regreso de la Princesa Leia. A tal punto es así, que en 2016 Fisher publica The Princess Diarist, un libro de memorias basado en los diarios que llevaba en los años de la trilogía original. 

A pocos meses de su muerte, ocurrida en diciembre de 2016, Fisher y su madre aparecen en el documental de HBO Bright Lights: Starring Carrie Fisher and Debbie Reynolds, que retrata la entrañable y compleja relación entre madre e hija. Carrie fallece tras un fallo cardíaco el 27 de diciembre. Su madre muere al día siguiente. Como muestra de su inagotable sentido del humor, las cenizas de Carrie descansan en un frasco de Prozac gigante. Las princesas más inspiradoras saben reírse de sí mismas.